Un talismán hecho emblema

El Quadrifoglio Verde, el distintivo que identifica a las versiones más deportivas de Alfa Romeo, surgió casi por casualidad hace casi un siglo

Róber Martí » 23 de noviembre, 2018

Corrían los Felices Años Veinte. Europa volvía al desarrollismo tras haber metabolizado el horror de la Primera Guerra Mundial y sus efectos. El automovilismo era uno de los deportes del momento y Alfa Romeo, fundada a principios de la década anterior, era una de las marcas que aspiraba a ser la reina de la velocidad. En 1923, con un equipo de ensueño, se llevó un pedacito de gloria al vencer la prestigiosa Targa Florio con Ugo Sivocci al volante de un RL.

Compañero de Enzo Ferrari, Antonio Ascari y Giulio Masetti en la escudería italiana, Sivocci era, como buen italiano, muy supersticioso. Antes de la prueba e imitando a los aviadores que habían combatido en la Gran Guerra, pidió que decoraran su Alfa Romeo con un trébol verde sobre un rombo blanco. Su coche fue el primer ‘Alfa’ en ganar la Targa Florio, pero tras él vendrían nueve victorias más. Ironías del destino, Sivocci falleció meses después en un accidente en Monza en la que ahora es la ‘curva Ascari’ y al volante de un vehículo que no llevaba su talismán.

El amuleto se tornó en emblema a partir de ese momento. En homenaje a su figura, el quadrifoglio verde adornó todos sus coches de competición con un matiz: que el rombo pasó a ser un triángulo al perder una de sus cuatro esquinas, uno de sus cuatro pilotos. Lo llevaron los Alfa Romeo P2 que en 1925 conquistaron el primer Campeonato Mundial de Automóviles y que marcó una época al lograr más de una docena de grandes premios.

También el Alfetta 159 que en 1950 estrenó con Giuseppe ‘Nino’ Farina el palmarés de la Fórmula Uno; el mismo con el que en 1951 un mito del automovilismo, el argentino Juan Manuel Fangio, obtuvo el primero de sus cinco títulos y al que ha igualado hace solo unas semanas Lewis Hamilton.

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Durante la época en la que convivieron los bólidos de Alfa Romeo y Ferrari, el trébol y el ‘cavallino rampante’ identificaban una y otra marca italiana.

Ya en esa segunda mitad del siglo pasado, Alfa Romeo aprovechó esa reputación en las carreras para dar valor a sus coches de serie distinguiendo los más deportivos mediante ese trébol de cuatro hojas verde sobre un triángulo blanco. Modelos inolvidables como el Giulia TI Super de 1963, el Giulia Sprint de 1965 portaron este distintivo que, en los años ochenta, se desdobló con los Quadrifoglio Oro más equipados.

Por entonces, entre 1979 y 1985, la marca había vuelto a la Fórmula 1 y sus monoplazas, uno tras otro, llevaron este amuleto acuñado por Ugo Sivocci. También el Alfa Romeo 155 V6 con el que Nicola Larini escribió otra de las páginas más brillantes de la casa italiana: la consecución del DTM en 1993. Desde entonces, hace ya un cuarto de siglo, ningún otro fabricante, sea de donde sea, ha sido capaz de ganar a las marcas alemanas en su casa.

Con el cambio de siglo, el emblema deportivo de Alfa Romeo se difuminó. Como parte de una estrategia para recuperar parte de su leyenda, hubo que esperar hasta la creación del 8C Competizione para volver a ver el trébol. Con un claro propósito de enmienda, desde 2007 la denominación Quadrifoglio Verde ha vuelto a la gama de la marca. Primero tímidamente, con versiones algo más enérgicas y deportivas. Ahora, en los Giulia y Stelvio –abanderados de una nueva era de la marca– son el mascarón de proa de Alfa Romeo en tecnología y prestaciones.

El talismán de Alfa Romeo también les ha acompañado en su regreso a la Fórmula 1 de la mano de Sauber. Para cerrar el círculo, ha tenido que ser un monoplaza con uno de estos tréboles de cuatro hojas, el que ha servido de trampolín hacia Ferrari –la escudería que fundó Enzo Ferrari, el amigo íntimo de Ugo Sivocci– al joven monegasco Charles Leclerc. La leyenda continúa.

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